Cansada de distracciones, Lucía comenzó con apenas cinco minutos respirando junto a la ventana. No buscó perfección, solo presencia. Dos meses después nota más paciencia con sus hijos, menos reactividad en el trabajo y un orgullo sereno difícil de quitar.
Convaleciente y sin ánimo, Mateo se prometió caminar solo una cuadra diaria. Algunos días fueron dos, otros ninguno, pero siguió. Hoy regresa con más claridad mental, duerme mejor y planea sumar estiramientos suaves, manteniendo el espíritu de progreso mínimo.
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